Vicepresidente Vereda Timanco y Docente USCO.
Hace un año, la esperanza llegó a nuestra vereda bajo la
forma de un recurso gestionado con la Gobernación del Huila. Como
vicepresidente de la Junta de Acción Comunal (JAC), fui testigo de esa euforia
colectiva: por fin, la escuela de Timanco dejaría de ser una estructura vetusta
para convertirse en un lugar digno. Teníamos asegurado el presupuesto de
alrededor de noventa y dos millones de pesos para dos reformas vitales: el
restaurante escolar y un aula académica. En nuestra imaginación, la escuela ya
olía a pintura fresca.
Cuando los funcionarios del IDACO visitaron la vereda,
los recibimos con la hospitalidad reservada a los viejos amigos. Los atendimos
con generosidad, conscientes de que un trato digno para ellos se traduciría en
un trato digno para nuestros niños. Aquel sueño de ladrillo y cemento parecía,
por primera vez, una realidad tangible.
Sin embargo, la burocracia tiene una forma particular de
erosionar el optimismo. Al presidente de la JAC le exigieron actualizar
estatutos, cuentas bancarias y asistir a una procesión interminable de
reuniones. Como las Juntas veredales no contamos con recursos propios ni caja
menor, nos tocó recurrir a la fórmula cultural de siempre para sacar adelante
la gestión: la solidaridad de los vecinos. Con dinero prestado de nuestros bolsillos
y de terceros, pagamos los gastos de papelería, los seguros de la obra y los
otrosíes que la misma Gobernación exigía.
Recuerdo el momento en que el líder, agotado por el
desgaste financiero y administrativo, me confesó: «Felipe, hágale usted, porque
creo que esta gente nos está "mamando gallo". Lo peor es que ya le
debemos plata al profesor para cumplir con todos los requisitos del IDACO».
Ante el estancamiento, buscamos apoyo político. Un
Secretario de la Gobernación intervino y llamó la atención a los funcionarios.
Supimos también que aquello no fue casualidad: de manera coyuntural, el
diputado Wilfred Trujillo había puesto el tema sobre la mesa en un debate de
control al IDACO en la Asamblea.
Los funcionarios volvieron a llamar y todo parecía
encarrilarse. Retomé el liderazgo del papeleo: coordiné ingenieros, maestros
certificados y más documentos. Hacia el 27 de diciembre, en una reunión
decisiva, se verificó el cumplimiento absoluto de los requisitos. No había
observaciones, ni faltaba un solo papel: todo estaba listo y aprobado. Allí nos
confirmaron lo que tanto anhelábamos: la orden era inmediata. Nos aseguraron
que, al día siguiente, el dinero para empezar la obra estaría consignado en la
cuenta de Davivienda compartida entre la JAC y el IDACO.
De nuevo fui feliz. Salí de allí con el espíritu inflado
de optimismo, una esperanza que compartí con los testigos de aquella reunión:
el ingeniero, el contable y mi presidente. Así lo entendimos todos, porque la
promesa fue clara.
Pero el dinero nunca llegó.
En enero recibí una nueva llamada prometedora. Lleno de
ilusión, contacté a mi presidente de la JAC, quien interrumpió su visita
familiar en Popayán para regresar de urgencia y ponerse al frente de la obra.
Al llegar al banco, la realidad nos golpeó con la frialdad de un saldo
bancario: CERO PESOS. A pesar de que todo estaba en regla, la excusa se volvió
un estribillo recurrente: «falta un papel más», «mañana con la funcionaria el
dinero estará listo para facturar». Pero el mañana nunca llegó.
El profesor de Timanco, quien también había puesto su fe
y su dinero en el proyecto, me pidió intervenir. «Felipe, páseme el teléfono»,
me dijo. Llamó una vez: «que sí, que ya». Llamó dos veces: la misma respuesta.
A la cuarta vez, el silencio administrativo fue la única contestación del
IDACO.
Los niños regresaron a clases enfrentándose a la misma
escuela en ruinas, preguntando por qué la promesa de los adultos no se había
cumplido. Tuve que visitar al profesor para explicarle la situación y honrar
nuestra palabra. El dinero que él prestó para los seguros ahora se lo
devolveremos mediante una rifa que organizaremos como comunidad. Y no nos
detendremos ahí: con esa actividad buscaremos instalar las luces LED y la
estufa que tanto necesitan.
Al irme, vi en sus ojos el reflejo de un pueblo que,
aunque acostumbrado a la burla, no pierde la dignidad. Probablemente, nuestra
insistencia y nuestras quejas nos pasaron factura, pero el cobro real no lo
pagamos nosotros; lo pagaron esos niños que esperaban resignificar su presencia
en un aula nueva y un excelente comedor escolar.
Me retiro de la vicepresidencia sin intención alguna de
iniciar pleitos, aunque presuntamente exista mérito penal o disciplinario. Me
voy con el sentimiento amargo de haber sido burlado, pero con la certeza de
que, ante el juego burocrático, la comunidad de Timanco seguirá trabajando,
porque las verdaderas víctimas son los niños y ellos no pueden esperar.
Nota: La imagen adjunta corresponde al extracto bancario en cero pesos, mudo testigo del día en que el líder regresó
de Popayán para encontrar las manos vacías.



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