El Dr. Abelardo de La Espriella es una figura que ofrece un cambio radical en las formas en que se deben hacer las cosas.
Con el temor de ser señalado como ave de mal agüero, debe
insistir en lo peligroso que resultaría para el país, que al final de la
historia comprobemos el fracaso de nuestra dirigencia, y que todo conduzca a
ver una reacción general contra quien incómoda.
Para nadie es extraño reconocer la gravísima expansión del
narcotráfico, la erosión de la seguridad y el deterioro institucional, y, sin embargo, hay algo mucho más grave: la renuncia deliberada de la dirigencia
política a ejercer liderazgo real.
Colombia enfrenta una economía permeada por la coca,
territorios capturados por organizaciones criminales, escuchen la última
declaración del señor “Iván Mordisco” jefe máximo del Comando Central de las
Farc en elocución dirigida a sus compañeros de insurrección, La Nueva
Marquetalia y al ELN invitándolos a unirse para enfrentar, lo que ellos
denominan, la arremetida del Imperialismo yanqui, y una ciudadanía que observa
con escepticismo como sus gobernantes y dirigentes trasladan la responsabilidad
del desastre a factores externos, particularmente a los Estados Unidos.
El gobierno de Petro ha optado por hablar de soberanía y
dignidad nacional, y en la práctica desmonta instrumentos de control,
revitaliza la acción de los criminales y confía en la indulgencia internacional
que compense resultados internos. Hoy, después de la caída del régimen de
Venezuela, busca afanosamente certificaciones, gestos diplomáticos y
rehabilitaciones personales y familiares incluidos en la lista Clinton, pero no
hace nada para proteger el orden, la legalidad y la seguridad de los
colombianos.
Lamentablemente, una parte significativa de la oposición ha
demostrado incapacidad para articular una alternativa sólida, cayendo en la
dispersión de candidaturas, la ausencia de propuestas estructurales y en la
tentación de delegar a presiones internacionales, algo que debería resolverse
mediante liderazgo político y respaldo ciudadano.
En este contexto emerge el Dr. Abelardo de La Espriella como
una figura que ofrece un cambio radical en las formas en que se deben hacer las
cosas, lo que ha desatado reacciones virulentas tanto de la izquierda como de
sectores de la derecha tradicional. Esta coincidencia no es casual. Desde la
izquierda se le ataca por su defensa sin ambigüedades del orden institucional,
la autoridad del Estado y la lucha frontal contra el narcotráfico. Desde la
derecha convencional se le cuestiona porque no responde a maquinarias, no
solicita avales y no acepta consensos construidos sobre el cálculo electoral.
Lo que incomoda no es su discurso, sino su independencia.
En política, la unanimidad de los ataques suele ser el mejor
indicador de que alguien está haciendo las cosas bien. De ahí, que defender al Dr.
Abelardo de La Espriella significa reivindicar el derecho de los colombianos a
proteger una alternativa que no se arrodille ante el populismo, ni se diluya en
la tibieza de la oposición tradicional.



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