El sismo, de magnitud 6,2 en la escala de Richter, devastó amplias zonas del Eje Cafetero, cobró la vida de miles de personas y transformó para siempre la cotidianidad de una región que, en cuestión de minutos, lo perdió casi todo.
La
tragedia no solo significó la pérdida de vidas humanas y la destrucción de
viviendas e infraestructura, sino que también puso a prueba la capacidad de
respuesta del Estado frente a un desastre de gran magnitud. En ese contexto, la
Octava Brigada del Ejército Nacional destaca hoy los aprendizajes obtenidos en
materia de gestión del riesgo y la importancia de la articulación
interinstitucional para atender emergencias de manera oportuna y coordinada.
El
coronel Yanni Alexánder Melo Restrepo, actual jefe de Estado Mayor y segundo
comandante de la Octava Brigada, vivió de manera directa el drama de aquel 25
de enero de 1999. “Si hay una experiencia que marcó nuestras vidas, es el
terremoto de Armenia. Ver familiares y amigos que perdieron la vida fue una etapa
que dejó heridas profundas en el corazón”, recuerda.
Pese
a la magnitud del impacto y a las dificultades iniciales, el Estado, los
organismos de socorro y la Fuerza Pública asumieron un rol determinante para
restablecer el orden en medio del caos. Según Alberto Rosas Londoño, sargento
primero en uso de buen retiro y entonces director de la Defensa Civil Seccional
Quindío, el terremoto afectó gravemente a instituciones clave como Bomberos,
Policía Nacional y unidades del Ejército, lo que limitó la capacidad de
respuesta inmediata durante las primeras horas.
Ante
el deterioro del orden público y los saqueos registrados, fue necesaria la
militarización de la ciudad para garantizar condiciones de seguridad que
permitieran el ingreso y trabajo de los equipos de salud y socorro. Una vez
activado el comité regional de emergencias, las tropas de la Octava Brigada,
junto con otras unidades del país, realizaron el cierre de la ciudad para
contener el vandalismo y apoyar las labores humanitarias.
Con
el paso de los días, el Ejército Nacional no solo contribuyó al control de la
seguridad, sino que fue clave en la organización y distribución de ayudas,
concentradas en el antiguo Idema, desde donde soldados y vehículos llegaron a
los sectores más afectados. Esta labor fue reconocida por la ciudadanía y
documentada por los medios de comunicación, que registraron el compromiso de
las Fuerzas Militares en uno de los momentos más difíciles del país.
A casi tres décadas del desastre, el terremoto de Armenia Quindío sigue siendo un referente de aprendizaje. En el caso del Ejército Nacional, esa experiencia impulsó procesos de transformación que hoy se reflejan en la creación de una Brigada de Prevención de Desastres y en su participación activa en la atención de emergencias naturales en distintas regiones de Colombia, fortaleciendo así las capacidades del Estado frente a futuras contingencias.


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