La reciente operación de los Estados Unidos contra el régimen de Venezuela ha sido aplaudida por millones de venezolanos y demócratas en el mundo, asimilando el golpe como el fin simbólico de una dictadura criminal. Es comprensible. Maduro encabezo un régimen que destruyo la democracia, empobreció a su pueblo y convirtió al Estado en una plataforma del crimen transnacional. Sin embargo, en mi caso personal, lo ocurrido me ha dejado más preguntas que respuestas, debido a que, creo, estamos ante una acción intrépida que más se parece a una nueva forma de invasión o tutela extranjera, que a una acción de liberación de un pueblo oprimido. Desde el punto de vista del derecho internacional, una intervención sin mandato multilateral no puede presentarse como un acto de liberación democrática. Sin la existencia de una hoja de ruta clara hacia la defensa de un gobierno soberano, se ha abierto un terreno peligroso, el de la autoridad de facto.
Estados Unidos no actúa
movido, nunca lo ha hecho, por altruismo. Nunca, su lógica es exclusivamente
geopolítica, e intereses estratégicos. Venezuela es un país en crisis con las
mayores reservas de petróleo en el mundo y una pieza clave en la influencia con
China, Rusia e Irán. Eso no invalida la caída de Maduro, pero sí sirve para
saber a quién sirve el diseño de Donald Trump del “día después”
Personalmente, no he podido
entender la aparente preservación de una buena parte del aparato Madurista
considerado por “Gringos y Troyanos” como un régimen ilegítimo. ¿Qué paso con
la orden que debió darse de liberación de los más de 1000 presos políticos?,
¿por qué Diosdado Cabello, Vladimir Padrino, Delcy Rodríguez y demás
especímenes de la dictadura no están presos? ¿Qué significado tiene
mantenerlos, cuando estábamos esperando que de la acción se pudiera acordar un
régimen de transición facilitado y supervisado por los EE.UU. en base a los
resultados victoriosos de 28 de agosto de 2024? La realidad no fue esa, ni la
de imponer justicia ni la refundación democrática, sino, ¡oh! Sorpresa, el control
y la administración del país, colocando en segundo sitio el orden y la soberanía
popular.
Evitar el protagonismo claro
de los líderes democráticos venezolanos, María Corina Machado que encarnaba una
autoridad moral ganada en la resistencia, y Edmundo González Urrutia como el
vocero de la voluntad popular expresada en las urnas, marginarlos, relegarlos o
tratarlos como actores secundarios es un error político y se convertirá en una
traición a la lucha democrática venezolana. Una dictadura no se reemplaza por
una invasión. Celebrar la caída de Maduro es justo.
Callar frente a la ambigüedad
del “día después” es irresponsable. ¿Conque autoridad moral puede una potencia
extranjera “quedarse” para administrar Venezuela, mientras se posterga el
retorno del poder para los venezolanos? ¿Podremos creerles que más temprano que
tarde vendrán por Petro e impedirán el ascenso a la presidencia de Iván Cepeda,
carnal de Iván Márquez, Jesús Santrich y de Raúl Reyes?



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