“Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra”. La frase atribuida a Jesucristo, retrata una enseñanza moral y desnuda una constante histórica: la facilidad con la que ciertos sectores se erigen en jueces implacables mientras esconden sus miserias.
Por: Julio Bahamon
Gustavo Petro exguerrillero del
M-19, celador de las cárceles del pueblo, algo que se les olvido a los
colombianos. Iván Cepeda Castro, PHD en calumnias e infundios, no oculta su
admiración y su condición de “parcero” de los peores criminales del grupo narcoterrorista
de las Farc, pero no, eso no les aterra a muchos mamertos que han enfilado sus
calumnias e injurias contra Abelardo de la Espriella, con la insana actitud de
hacerle mella en sus justificadas aspiraciones a regir los destinos de esta
nación. El único galardón que reclama Cepeda a sus pares del partido comunista
y a los grupos narcoterroristas, es haber sido el senador que intento meter a
la cárcel a Alvaro Uribe, fracasando estruendosamente en su infundio, pero eso
le mereció ser nominado para ser candidato a la presidencia de la república.
En la Colombia de hoy, esa
hipocresía tiene nombre y oficio: un grupo pequeño de periodistas fletados por
la campaña de Cepeda, otrora ideologizados, hoy monetizados a órdenes del mejor
postor han dejado de informar para convertirse en actores políticos,
apabullando el noble ejercicio del periodismo, convirtiéndolo en militancia
disfrazada de objetividad. Y, su blanco siempre es el mismo: aquel que
representa una amenaza real a los intereses y propósitos de la izquierda que
hoy gobierna. El caso del Dr. Abelardo de la Espriella es paradigmático. Frente
a él no se han presentado pruebas, no se han sostenido acusaciones en estrados
judiciales, y aun así se insiste en construir una narrativa de sospecha
permanente. No lo debaten con argumentos, sino con estigmatización. Lo grave no
es solo el ataque, sino el desprecio por el Estado de Derecho. Las decisiones
judiciales que han servido para aclarar y cerrar señalamientos son ignoradas,
rompiendo un principio básico de la democracia. La presunción de inocencia. Los
mismos que señalan con sevicia selectiva guardan silencio frente a los errores,
escándalos o incoherencias de sus protegidos y aliados. Ven la paja en el ojo
ajeno, pero ignoran la viga que hay los suyos.
Pero hay otro frente preocupante:
la división interna. Deben saber que la fragmentación solo beneficia a quienes
ya ostentan el poder. Lo que vimos en las tensiones alrededor de Miguel Uribe
Turbay no pueden seguir escalando en el terreno público como espectáculo
político. Si hay diferencias, que se resuelvan donde corresponde: de frente,
sin intermediarios, sin micrófonos, sin cálculos de aplausos. El país esta ante
una disyuntiva histórica. O se consolida un proyecto con capacidad de disputar
el poder con firmeza, o se diluye en disputas internas allanándoles el camino a
los verdaderos dueños de la campaña de Cepeda: los grupos narcoterroristas de
las Farc y del ELN y a los actores violentos que compartieron tarima con Petro
en Medellín. Abelardo de la Espriella presidente en primera vuelta.



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