"Mi historia en la Junta comenzó a los 16 años, pero su impacto sigue vigente. Me enseñó que el cambio es posible cuando la comunidad se organiza, que el liderazgo se construye con la gente y que la democracia no es un privilegio, sino un derecho que hay que defender todos los días".
Por Wilfred Trujillo diputado Asamblea del Huila.
Hay experiencias que no solo
marcan una etapa de la vida, sino que definen la forma en que uno entiende el
país. Para mí, una de esas experiencias comenzó a los 16 años, cuando por
primera vez decidí involucrarme en una Junta de Acción Comunal. No fue un acto
heroico ni una decisión calculada. Fue, más bien, el resultado natural de
crecer en un entorno donde los problemas no se resolvían solos y donde la
comunidad era la única herramienta para transformar lo cotidiano.
A esa edad, mientras muchos
aún están descubriendo su lugar en el mundo, yo encontré en la Junta un espacio
donde la voz sí tenía valor. Allí entendí que la política no es lo que se ve en
los grandes escenarios nacionales, sino lo que ocurre en una calle sin
pavimentar, en una cancha abandonada o en un barrio sin acceso digno a
servicios básicos. La Junta de Acción Comunal no es una institución más: es la
primera escuela de democracia que tiene Colombia.
Recuerdo las reuniones largas,
a veces desordenadas, pero siempre cargadas de sentido. Personas de todas las
edades opinando, discutiendo, proponiendo. No había micrófonos ni cámaras, pero
sí había algo más importante: voluntad. Fue ahí donde aprendí que liderar no es
imponer, sino escuchar; que construir comunidad implica ceder, negociar y
persistir; y que el desarrollo no se decreta desde un escritorio, sino que se
construye desde el territorio.
Con el paso de los años, he
visto cómo esos espacios han sido fundamentales para proyectar los territorios.
Las Juntas han sido protagonistas silenciosas del desarrollo local: gestionan
obras, impulsan proyectos, organizan a la comunidad y, sobre todo, mantienen
viva la idea de que el progreso es una tarea colectiva. Donde el Estado no
llega, muchas veces llega la Junta. Donde no hay recursos, aparece la
creatividad comunitaria.
Sin embargo, también he sido
testigo de cómo estos espacios han sido subestimados, debilitados e incluso
instrumentalizados. Durante mucho tiempo, las Juntas han cargado con el peso de
la desconfianza institucional, la falta de apoyo técnico y, en algunos casos,
la presión de intereses políticos que buscan convertirlas en plataformas
electorales y no en escenarios de participación ciudadana.
Hoy, el reto es aún más
grande. Nos encontramos en un momento en el que la participación comunitaria
enfrenta riesgos. Las elecciones de las Juntas de Acción Comunal, previstas
para el próximo 26 de abril, no son un trámite menor ni un evento rutinario. Son
una oportunidad para renovar liderazgos, fortalecer procesos y reafirmar el
poder de la comunidad organizada. Pero también son un punto de tensión, donde
se evidencian prácticas que buscan limitar la participación en lugar de
promoverla.
Preocupa profundamente que
existan barreras visibles e invisibles que desincentivan a las personas a
participar. Desde la falta de información clara hasta obstáculos
administrativos, pasando por dinámicas de exclusión que terminan cerrando el
espacio a nuevas voces. Cuando se restringe la participación, no solo se afecta
una elección: se debilita la democracia en su nivel más básico.
Porque hay que decirlo con
claridad: impedir o limitar la participación en las Juntas de Acción Comunal es
negar el derecho de las comunidades a decidir sobre su propio destino. Es
cerrar la puerta a jóvenes que, como yo en su momento, quieren aportar, aprender
y liderar. Es perpetuar estructuras que no necesariamente responden a las
necesidades actuales de los territorios.
La democracia no puede ser
selectiva. No puede depender de quién conviene que participe y quién no. Si
algo aprendí desde los 16 años en la Junta es que cada voz cuenta, incluso y
especialmente aquellas que incomodan. La diversidad de opiniones no es un problema:
es la esencia misma de la construcción colectiva.
Hoy más que nunca necesitamos
fortalecer estos espacios. No basta con reconocer su importancia en discursos;
se requiere garantizar condiciones para que funcionen de manera transparente,
incluyente y efectiva. Esto implica acompañamiento institucional, formación
para los líderes, acceso a información y, sobre todo, respeto por la autonomía
de las comunidades.
También implica un llamado a
la ciudadanía. La participación no puede ser delegada. No podemos esperar que
otros decidan por nosotros y luego cuestionar los resultados. Las elecciones
del 26 de abril son una oportunidad para ejercer ese derecho, para involucrarse,
para asumir un rol activo en la construcción del territorio.
A quienes hoy tienen 16 años o
incluso menos les diría que no subestimen el poder de estos espacios. Que no
esperen a tener un cargo o un título para empezar a transformar su entorno. La
Junta de Acción Comunal puede ser el inicio de un camino de liderazgo, pero,
más importante aún, es un espacio donde se aprende a ser ciudadano en el
sentido más profundo de la palabra.
Y a quienes, desde distintas
posiciones, tienen la responsabilidad de garantizar estas elecciones, el
mensaje es claro: no se puede jugar con la participación comunitaria. Cada
obstáculo que se impone, cada información que se oculta, cada decisión que excluye,
es un retroceso para la democracia.
Colombia no se construye
únicamente desde el Congreso, Asambleas Departamentales, concejos, ministerios
o las grandes ciudades. Colombia se construye en los barrios, en las veredas,
en las comunas. Se construye en espacios como las Juntas de Acción Comunal,
donde la política deja de ser un concepto abstracto y se convierte en acción
concreta.
Mi historia en la Junta
comenzó a los 16 años, pero su impacto sigue vigente. Me enseñó que el cambio
es posible cuando la comunidad se organiza, que el liderazgo se construye con
la gente y que la democracia no es un privilegio, sino un derecho que hay que
defender todos los días.
Por eso, hoy levanto la voz
para que participemos el próximo 26 de abril. No podemos normalizar prácticas
que excluyen, que silencian o que desmotivan. No podemos resignarnos a que los
espacios comunitarios pierdan su esencia.
El futuro empieza en cada
decisión que tomamos hoy.
“La democracia se construye
participando: este 26 de abril es la oportunidad de que cada voz cuente en su
comunidad.”


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