El soldado profesional Eduardo Vargas, quien vivió en carne propia la tragedia y ayudo a rescatar muchas personas que quedaron mal heridas en medio de los escombros.
Nueve años han pasado desde la tragedia que marcó para
siempre la historia de este municipio amazónico. Entre la noche del 31 de marzo
y la madrugada del 1 de abril de 2017, una avalancha provocada por el
desbordamiento de los ríos Mocoa, Mulato y Sangoyaco arrasó barrios enteros,
dejando más de 335 personas fallecidas, cientos de desaparecidos y miles de
damnificados en uno de los desastres naturales más devastadores de Colombia en
las últimas décadas.
El episodio, conocido como la Tragedia de Mocoa de 2017, evidenció no solo la
vulnerabilidad de las comunidades asentadas en zonas de riesgo, sino también
las fallas en planificación territorial y sistemas de alerta temprana. Desde
entonces, el país ha dirigido esfuerzos hacia la reconstrucción urbana, la reubicación
de familias y el fortalecimiento de la gestión del riesgo, aunque diversos
informes han señalado retrasos y desafíos en la ejecución de estos procesos.
En medio de ese panorama, han surgido historias que
reflejan la capacidad de sobreponerse a la adversidad. Una de ellas es la del
soldado profesional Eduardo Vargas, quien vivió en carne propia la tragedia y
encontró en el Ejército Nacional de Colombia
un camino para reconstruir su vida. “Mocoa, a pesar de que casi pierdo la vida,
me gusta. Es un pueblo muy bonito, su gente es muy acogedora. Cada vez que
llega esta fecha se siente nostalgia y tristeza”, relata, con la voz marcada
por la memoria pero también por el arraigo.
Su historia se entrelaza con la de quienes, desde el
primer momento, acudieron al llamado de emergencia. El soldado profesional
Diego Beltrán, entonces integrante del Batallón de Apoyo y Servicios para el
Combate N.° 27, fue parte de las labores de búsqueda y rescate que se
extendieron durante días. Entre el lodo, la destrucción y la incertidumbre, su
trabajo —como el de cientos de rescatistas— fue clave para salvar vidas y
acompañar a las familias en medio del dolor.
“Fueron
jornadas interminables, pero el compromiso era más grande que cualquier
dificultad”, han coincidido varios de los uniformados que participaron en la
atención de la emergencia, considerada una de las operaciones humanitarias más
complejas en la historia reciente del país.
A casi una década del desastre, Mocoa sigue siendo
símbolo de resiliencia. Aunque la reconstrucción ha tenido avances, como la
entrega de viviendas en zonas seguras y la mejora de infraestructura básica,
persisten retos en materia de planificación urbana, atención integral a las
víctimas y prevención de futuros eventos.
Las conmemoraciones de este aniversario no solo
recuerdan a las víctimas, sino que también resaltan la solidaridad que emergió
en medio de la tragedia. Instituciones, organizaciones y ciudadanos de todo el
país se volcaron en ayuda humanitaria, evidenciando la capacidad de respuesta
colectiva ante la adversidad.
Desde la Vigésima
Séptima Brigada del Ejército Nacional, se reiteró el compromiso con la
región, destacando que la labor institucional no se limita a la seguridad, sino
que también abarca el acompañamiento a las comunidades en procesos de
reconstrucción y fortalecimiento social.
Hoy,
Mocoa recuerda, honra y sigue adelante. Entre cicatrices aún visibles y nuevos
proyectos de vida, la ciudad se levanta como testimonio de que, incluso en los
momentos más oscuros, la solidaridad, el servicio y la esperanza pueden abrir
camino hacia un futuro distinto.


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