El pasado viernes 12 de junio tuve la oportunidad de
visitar por primera vez la ciudad de Quibdó, invitado por su Excelencia el
señor Obispo de la Diocesis del Choco, Monseñor Winston Mosquera Moreno y por
el padre Edwin Mendoza, párroco de la Iglesia católica, Divino Redentor. Lo que
vi allí me produjo una profunda tristeza y una enorme preocupación por el
futuro de una de las regiones más ricas y al mismo tiempo más olvidadas de
Colombia.
Resulta incomprensible que el departamento con una de las
mayores riquezas hídricas, forestales y biológicas del continente americano
haya sido condenado durante décadas al abandono por parte de los sucesivos
gobiernos nacionales. Esa desidia, de como lo han tratado, nos demuestra que la
discusión entre derecha e izquierda no es válida, porque gobernantes
representantes de ambas tendencias han hecho lo mismo con el Choco, lo han
mantenido en el olvido. Allí conocí la dramática situación del rio Atrato, uno de
los más caudalosos del mundo, hoy gravemente afectado por la minería ilegal del
oro. Muchos de sus afluentes descargan aguas contaminadas por mercurio y otros
agentes tóxicos que amenazan la salud de las comunidades y destruyen
ecosistemas únicos en el planeta. Lo grave es que las autoridades nacionales lo
saben y conocen las coordenadas de esas minas ilegales, pero no hacen nada por
remediarlo.
Pero lo que más me impacto fue conocer la situación del
agua potable en Quibdó. Según me explicaron las autoridades eclesiásticas, el
acueducto apenas logra abastecer a una parte de la población. Miles de familias
dependen exclusivamente de la lluvia para sobrevivir. En los patios de las
viviendas han construido depósitos subterráneos para almacenar el agua lluvia,
que posteriormente es bombeada hacia tanques instalados sobre los techos de las
casas para poder utilizarla en su diario vivir. Por fortuna esa región tiene
una de las pluviosidades más altas de la tierra, con registros anuales que
oscilan entre los 8.000 y 12.000 milímetros de agua lluvia. A esa tragedia
social se suma otra mas dolorosa: el control territorial que ejercen grupos
armados ilegales como el ELN, el Clan del Golfo y las disidencias de las Farc.
Comerciantes, pescadores, transportadores por el modo carretero y fluvial,
estudiantes y trabajadores viven sometidos a las extorsiones, amenazas y
restricciones impuestas por quienes han convertido la violencia en un sistema
de gobierno paralelo, bajo el imperio de los fusiles.
La situación de salud es igualmente alarmante. No se
trata de que el servicio sea deficiente; en vastas zonas del departamento no
existe. Enfermarse en el Choco puede significar una condena a morir en el
abandono.
Mientras recorría las calles de Quibdó no podía evitar pensar que Colombia le ha fallado al Choco. Lo hemos olvidado durante demasiado tiempo. Mas de 600 mil compatriotas sobreviven en medio de enormes dificultades, rodeados de riquezas naturales extraordinarias que no les están dando bienestar a sus habitantes.}Ha llegado la hora de escuchar el clamor del Choco: Que el grito se escuche desde el Darien hasta el Amazonas, desde el Pacifico hasta los Llanos Orientales: ¡Salvemos al Choco!



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