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lunes, 15 de junio de 2026

PARAPETO. - SALVEMOS AL CHOCO.

“Allí conocí la dramática situación del rio Atrato, uno de los más caudalosos del mundo, hoy gravemente afectado por la minería ilegal del oro.”

Por Julio Bahamon


El pasado viernes 12 de junio tuve la oportunidad de visitar por primera vez la ciudad de Quibdó, invitado por su Excelencia el señor Obispo de la Diocesis del Choco, Monseñor Winston Mosquera Moreno y por el padre Edwin Mendoza, párroco de la Iglesia católica, Divino Redentor. Lo que vi allí me produjo una profunda tristeza y una enorme preocupación por el futuro de una de las regiones más ricas y al mismo tiempo más olvidadas de Colombia.


Resulta incomprensible que el departamento con una de las mayores riquezas hídricas, forestales y biológicas del continente americano haya sido condenado durante décadas al abandono por parte de los sucesivos gobiernos nacionales. Esa desidia, de como lo han tratado, nos demuestra que la discusión entre derecha e izquierda no es válida, porque gobernantes representantes de ambas tendencias han hecho lo mismo con el Choco, lo han mantenido en el olvido. Allí conocí la dramática situación del rio Atrato, uno de los más caudalosos del mundo, hoy gravemente afectado por la minería ilegal del oro. Muchos de sus afluentes descargan aguas contaminadas por mercurio y otros agentes tóxicos que amenazan la salud de las comunidades y destruyen ecosistemas únicos en el planeta. Lo grave es que las autoridades nacionales lo saben y conocen las coordenadas de esas minas ilegales, pero no hacen nada por remediarlo.


Pero lo que más me impacto fue conocer la situación del agua potable en Quibdó. Según me explicaron las autoridades eclesiásticas, el acueducto apenas logra abastecer a una parte de la población. Miles de familias dependen exclusivamente de la lluvia para sobrevivir. En los patios de las viviendas han construido depósitos subterráneos para almacenar el agua lluvia, que posteriormente es bombeada hacia tanques instalados sobre los techos de las casas para poder utilizarla en su diario vivir. Por fortuna esa región tiene una de las pluviosidades más altas de la tierra, con registros anuales que oscilan entre los 8.000 y 12.000 milímetros de agua lluvia. A esa tragedia social se suma otra mas dolorosa: el control territorial que ejercen grupos armados ilegales como el ELN, el Clan del Golfo y las disidencias de las Farc. Comerciantes, pescadores, transportadores por el modo carretero y fluvial, estudiantes y trabajadores viven sometidos a las extorsiones, amenazas y restricciones impuestas por quienes han convertido la violencia en un sistema de gobierno paralelo, bajo el imperio de los fusiles.


La situación de salud es igualmente alarmante. No se trata de que el servicio sea deficiente; en vastas zonas del departamento no existe. Enfermarse en el Choco puede significar una condena a morir en el abandono.


Mientras recorría las calles de Quibdó no podía evitar pensar que Colombia le ha fallado al Choco. Lo hemos olvidado durante demasiado tiempo. Mas de 600 mil compatriotas sobreviven en medio de enormes dificultades, rodeados de riquezas naturales extraordinarias que no les están dando bienestar a sus habitantes.}Ha llegado la hora de escuchar el clamor del Choco: Que el grito se escuche desde el Darien hasta el Amazonas, desde el Pacifico hasta los Llanos Orientales: ¡Salvemos al Choco!

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