Lo que está haciendo por estos días, destruyendo la confianza en la democracia y pretendiendo volver realidad un delirio de fraude, ya sea para que no haya segunda vuelta el 21 o para retirarse del cargo y encargar a Francia, es una de las tantas cosas horrorosas que ha hecho con Colombia y que le deja como fardo imposible de arrastrar al tímido marxista de Cepeda. Petro acabó con el servicio de salud que mal que bien se prestaba así supiéramos que las EPS eran corruptas y se robaban la plata, pero funcionaba.
Hoy se debe implorar novenas a los santos, palancas a los políticos o tutelas sin turno para conseguir una operación, una cita o un medicamento. Petro también acabó con Ecopetrol, la empresa boyante de los colombianos. Convertido en defensor mayúsculo de la secta anti extractivista de su ministra Irene, selló los pozos de Uchuva, negó los permisos para más exploración de gas y petróleo y acabó con la materia prima conque funcionaba la empresa.
Petro, embelecado en su manía de arrebatar la privatización rentable de la obra pública, de un tajo le cortó el chorro a las inversiones futuras por concesión en las carreteras y dejó en manos de los roba gallinas que lo rodean el futuro del trasporte del país para el mantenimiento de las vías. Dispuesto entonces a acabar hasta con el nido de la perra, como decían nuestros antepasados cuando los irracionales intocables mandaban, ahora quiere acabar con la fé en la democracia en que hemos confiado por más de 200 años y que, así sea imperfecta y vulnerable, nos ha permitido no perder la esperanza, álito vital de todas las naciones.
Como lo dije en estas crónicas hace unos días, Colombia se salva si
respetamos los resultados electorales. No vayamos a dejarnos hundir por un
delirante irremediable así sea presidente de la patria.



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