Oculta entre el ruido de la calle y los avisos comerciales, la memoria de la Cueva de Zaratustra aún ilumina el barrio Quinche en Pitalito.
Por: Hugo Mauricio Fernández Barón
En otro tiempo su llama
fue una suerte de antro iniciático de la palabra, donde algunos de los
escritores más reconocidos del Valle de Laboyos reafirmaron el camino de las
letras, auspiciados por el ‘superhombre’ Teófilo Carvajal Polanía.
Hablar
de literatura en Pitalito sin mencionar el nombre de Teófilo Carvajal Polanía,
recordado cariñosamente por muchos como ‘Tecapo’, es como afrontar la obra de
Federico Nietzsche y no leer a Zaratustra. El trabajo de este personaje de la
cultura laboyana fue propagar en los jóvenes el amor a la palabra y la
literatura. Una impronta imborrable para quienes recibieron su influencia y
generosidad al amparo de su inolvidable Cueva de Zaratustra. Por allí sufrieron
las metamorfosis del espíritu, de camello a león y algunos a niños, como en la
fórmula zaratustriana, algunos de los artistas y escritores más destacados de
Huila.
La
visión del enigma
El
superhombre de Nietzsche es un hombre de trascendencia que se supera a sí mismo
y a la naturaleza humana. De igual manera el profeta laboyano comprendía que la
palabra y el lenguaje son caminos estupendos para buscar la libertad del
espíritu. Esa fue la razón que lo llevó a bautizar con el nombre de La cueva de
Zaratustra un espacio amplio de su casa que tenía aspecto de biblioteca, museo
y bar al mismo tiempo: libros, monedas, vajillas, armas, joyas, cuadros,
fósiles, reliquias indígenas, llaves, espadas, piedras raras, documentos
históricos y bebidas alcohólicas, donde acudían los fines de semana los más
selectos espíritus bohemios de Pitalito y Huila.
Artistas
y escritores consagrados como Benhur Sánchez Suárez, Isaías Peña Gutiérrez y
Humberto Tafur Charry agasajaron el mesón de madera en el santuario de las
tertulias en los dorados años ochenta. Poetas y periodistas laboyanos como Juan
Carlos Ortiz, los hermanos Marcelino, Alfonso y Gabriel Jorge Triana Perdomo;
Nelson Carvajal, Alberto Renza Lizcano y Edgar Artunduaga, entre otros, fueron
nervio activo de las tertulias y herederos de una tradición literaria que asume
el lenguaje como un arma de expresión y búsqueda de verdades.
Además,
como lo cuentan algunos de sus alumnos, el poeta León de Greiff, el Presidente
de la República Misael Pastrana, cientos de figuras públicas nacionales y hasta
el propio rey Leopoldo de Bélgica firmaron el gran libro donde estaban
estampados los nombres de todo aquel que visitó la cueva. Sin embargo, una
señora de nombre Gloria Martín, como está consignado en los cuadernos de
préstamos de la Biblioteca de Pitalito, hace ya muchísimos meses hizo préstamo
de un baúl que todavía no ha devuelto, donde se encontraban obras inéditas,
documentos, poemas, cartas, fotografías y artículos personales de ‘Tecapo’.
¿Qué dirán de esto quienes organizan la celebración de los 200 años de
Pitalito?
El
niño en el espejo
Predica
Zaratustra que correr tras la verdad y la libertad conlleva una vida auténtica.
Laboyano hasta los tuétanos, nació el 20 de abril de 1913, su formación
académica estuvo sellada en el Colegio San Luis Gonzaga en Elías. Su trabajo en
la docencia colmó gran parte de su existencia, pues más de 20 mil estudiantes
de varias generaciones de los colegios de Pitalito tuvieron la oportunidad de
escuchar sus enseñanzas del buen uso del lenguaje en su voz, enronquecida por
el humo del cigarro y la bebida, pues Teófilo era un bohemio empedernido, pero
muy lúcido, simpático y creativo, como lo recuerdan sus discípulos. “Sus clases
eran únicas porque nos sacaba al aire libre y aprendíamos observando la vida de
primera mano”.
‘Tecapo’,
además de ser maestro de castellano, redacción y ortografía, era un gran
jugador de ajedrez, fue periodista, corresponsal de El Espectador, alcalde de
Pitalito y Garzón, miembro del Círculo de Periodistas de Huila, miembro de la
Sociedad Geográfica de Colombia, galardonado con la Medalla Nacional de Oro
Camilo Torres en reconocimiento por su servicio a la educación y la cultura de
Colombia. La Gobernación de Huila lo condecoró con la Medalla de Oro Ángel
María Paredes y en 1999 Pitalito le otorgó el Escudo de Oro Ciudad de Pitalito
al mejor profesor del municipio. En vida publicó un libro sobre conocimientos
idiomáticos titulado “Prontuario de Español, Literatura y Ortografía” y dejó
inéditos “Vidas entre dramas”, una novela histórica sobre Pitalito, y un libro
de poemas bautizado “Caminos transitados”, material que debería ser recuperado
y publicado en esta coyuntura de los 200 años del municipio.
Pese
a tener una visión de rigor sobre el mundo de las letras y asumirlo con mucho
fundamento, no estaba desprovisto de un humor espontáneo que sacaba a relucir
en cualquier oportunidad. Así lo demuestra la colilla del último cigarrillo
Imperial que se fumó y todavía está enmarcada en lo alto de la cueva junto a un
poema. Otra de las bromas recurrentes de Teófilo consistía en contar la
historia de su apodo aludiendo a un encuentro fantástico con Tarzán en medio de
la selva. Una broma que refleja su espíritu juguetón. “Yo Tarzán, me dijo, rey
de la selva. Entonces le contesté: yo-Te-ca-po”, remataba y soltaba una
carcajada gloriosa.
Una
existencia superior
Actualmente,
lo que queda de La cueva de Zaratustra en la carerra 1B 4-18 del barrio Quinche
en Pitalito, persiste contra el olvido gracias a la mujer que el poeta amó
hasta el final de su vida. Anaiz, quien todavía vive allí junto a dos de sus
hijos fue la musa inspiradora de ‘Tecapo’. Ella conserva en una pared algunos
de los objetos raros de la cueva junto a fotos y libros donde todavía está el
letrero de madera: La cueva de Zaratustra. Al retablo se han sumado dos objetos
personales de ‘Tecapo?’: el bastón de madera y su boina, dos elementos que
realzaban su estatura y su aire bohemio. Sin embargo, muchas de las cosas han
desaparecido con el tiempo en manos ajenas y las nuevas generaciones de
laboyanos apenas saben que Teófilo Carvajal Polanía es el nombre de un
auditorio.
Para
Zaratustra el sentido de libertad, poder, unicidad y amor que se pueden
alcanzar en la búsqueda de una existencia superior son joyas indescriptibles e
inconmensurables de la experiencia humana. Entonces la búsqueda del superhombre
consiste en superar la esclavitud de la condición humana y alcanzar un
verdadero estado de libertad, de libre juego y creatividad que nos permite
construir nuestro destino, crear valores propios y bailar el juego de la vida
al ritmo de nuestro espíritu. Así lo corrobora el camino de Teófilo Carvajal
Polanía, quien hasta su último minuto escogió vivir en estado de celebración
perpetua, como lo recuerda Benhur Sánchez Suárez, quien lo acompañó en la
presentación de un libro días antes de su muerte en el año 2000:
“Teófilo
fue mi profesor. Creo que fuimos amigos. Su Cueva de Zaratustra casi que fue
una leyenda, un sitio de tertulias de artistas y escritores. Estuve dos veces
allí. La primera por invitación de Toño Peña y Marcelino Triana. La segunda,
poco antes de su muerte, cuando viaje a Pitalito porque Teófilo presentaba su
libro, el que soñó toda la vida. Fui por mi propio deseo, porque no fui
invitado oficialmente. Así que en la tarde de ese día fui a visitarlo y estuve
con él una horas, con cervezas como compañía a pesar de su prohibición para
beberla. Tenerte es algo que debemos celebrar, me dijo. Al rato llegó Renzo,
hijo de Teófilo, agitado y confundido y nos dijo que los presentadores
oficiales se habían disculpado a última hora de asistir, y me pidió que la
presentación la hiciera yo. Me fui para el Hotel Calamó y preparé las palabras.
Es algo que no puedo olvidar. El maestro se paró para escucharme y se aguantó
de pie a pesar de sus dolencias. Pocos días después murió”.


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