Durante años, en Colombia se
ha repetido una mentira conveniente: que las encuestas son instrumentos
técnicos, neutrales y confiables.
Mi experiencia personal es
otra, y la viví como candidato a la Gobernación del Huila en 2001 que me obliga
a decir, sin rodeos, que esa narrativa no solo es ingenua, sino dañina.
Fui testigo directo de cómo
una encuesta puede dejar de ser una herramienta de medición para convertirse en
un mecanismo de manipulación política.
En ese entonces varios
precandidatos liberales, entre ellos Guillermo Plazas Alcid, Mario Solano
Calderon, Luis Felipe Conde Lasso y quien escribe, acordamos someternos a una
encuesta contratada con el Centro Nacional de Consultoría, bajo la arbitrariedad
política del entonces jefe liberal Horacio Serpa Uribe. El compromiso era
claro: quien ganara la medición seria respaldado como candidato único.
Las cifras previas eran
contundentes. Yo encabezaba con el 22%, seguido por Plazas Alcid con el 19%. La
nueva encuesta confirmó la tendencia: subí al 24%, pero ahí comenzó el juego
sucio. Los resultados fueron filtrados de manera irregular: y lo mas grave: la
encuesta fue alterada de forma burda, modificando el nombre de Guillermo Plazas
Alcid por “Luis Guillermo Plazas Alcid”, una maniobra que permitió desconocer
los resultados bajo el argumento de una supuesta inconsistencia. No fue, desde
luego, un error, fue una coartada.
Hoy, décadas después, el
Centro Nacional de Consultoría sigue jugando un papel determinante en la
construcción de narrativas electorales, muchas veces contratada y amplificada
por medios como la revista Cambio, donde figuras siniestras como Daniel Coronel,
abiertamente enfrentado con el doctor Abelardo de la Espriella, contribuyen a
moldear resultados políticos bajo una capa sucia de aparente objetividad.
Por eso, seguir aceptando las
encuestas como verdad revelada es un acto de ingenuidad política.
Las encuestas en Colombia no
miden, presionan, excluyen y, en algunos casos, distorsionan la competencia
electoral. Porque cuando la medición se corrompe, la democracia deja de ser un
juego limpio. ¡Con Abelardo de la Espriella hasta la victoria final!



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