Gustavo Fernando Facundo Silva 1956-1952.
Luego
de 36 años de la prematura muerte del artista Gustavo Fernando Facundo, en
Pitalito, parece no haber interés por conservar y difundir su deslumbrante obra
pictórica, tan vigente como la amnesia y el silencio de quienes se jactan de
celebrar los 200 años de una población aún adolescente.
Por: Hugo Mauricio Fernandez
Pitalito
es una tierra pródiga en artistas visuales. Muchos de ellos son reconocidos en
el ámbito nacional e incluso fuera del país. Sin embargo, el caso de Gustavo
Fernando Facundo es representativo, pues parece que su legado no quisiera ser
recordado porque culminó con la decisión, equívoca o no, de su temprana y
trágica muerte. Un aspecto que denota la hipocresía e inopia de quienes asumen
el liderazgo cultural en el Valle de Laboyos (seis de sus estupendas pinturas
se encuentran arrumadas en el Centro Cultural Héctor Polanía Sánchez). Pero
esta no es la fábula de los cultoras opitas, es la reseña del trabajo artístico
de uno de los más grandes pintores con raíces en el sur. Un hombre y un legado
desconocido para la mayoría de los huilenses.
El
olor a trementina
Tengo
la fortuna de amar la calle y caminar. Caminar a veces sin destino, al azar, en
la pura incertidumbre donde se encuentra sin buscar. Y en esos recorridos en
los que deliberadamente me pierdo, a veces descubro historias que vale la pena
compartir. Así encontré la señal que me dio la pista del pintor mítico de
Pitalito. Sobre una puerta de madera en la carrera 3#3-29 frente al parque del
colegio La Presentación una placa reza: “EN ESTA CASA VIVIÓ Y MURIÓ EL POETA
GUSTAVO FERNANDO FACUNDO SILVA 1956-1952 HOMENAJE DE LA CASA DE POESÍA SILVA
ENERO DE 1993. Enseguida llamé a la puerta. Un anciano impecable y taciturno
dudó unos segundos antes de invitarme a seguir. Se trataba de don Gustavo, el
padre del artista quien justo ese día estaba de cumpleaños, como lo supe al
final de la visita. Quizá esa circunstancia fue favorable ya que estuvimos
conversando por más de dos horas en esa estancia fresca y luminosa donde
todavía están guardadas la mayoría de las pinturas de Facundo, sus poemas,
fotografías y objetos que tuve la oportunidad de ver desde muy cerca, además de
escuchar algunas infidencias y anécdotas significativas de la vida del pintor.
Desde
la infancia más remota el olor a trementina, los colores y los pinceles,
acompañaron a Gustavo Fernando. De su madre Irene Silva, pintora aficionada,
heredó el gusto por el arte y la cultura. Su primer dibujo memorable lo hizo
cuando apenas tenía tres años de edad; los trazos evocaban el evento fúnebre al
que acaba de asistir con su familia en la ciudad de Bogotá: el sepelio del
expresidente Alfonso López Pumarejo en el año 1959. Desde entonces, la familia
tuvo la certeza del destino de su hijo. Su infancia precoz y feliz la gozó en
la finca Villa Irene en Pitalito. La entereza de la vida campestre alimentó su
espíritu observador. En el colegio sobresalió como uno de los mejores
estudiantes ganándose premios en los concursos de pintura y escritura. Luego de
recibir su grado de bachiller en el Liceo Cervantes en Bogotá, en el año 1974,
eligió estudiar arquitectura en la Pontificia Universidad Javeriana. Una
decisión que estuvo espoleada por su padre Gustavo y la visión romántica de ser
un arquitecto bohemio como su primo Clímaco Sánchez, con el que compartió
varios proyectos al final de su vida en Neiva.
El
artista y su tiempo
La
formación académica en arquitectura fue determinante en la obra de Gustavo
Fernando. Durante los años de vida universitaria su trabajo artístico comienza
una búsqueda seria y auténtica. A los dieciocho años inicia su primera etapa
pictórica que descubre y juega con las posibilidades imaginativas de la
abstracción geométrica. Gana una mención de honor en el II Salón Javeriano de
Artes Plásticas. Participa con sus pinturas en salones de arte en Bogotá y
Medellín. La Biblioteca Luis Ángel Arango realiza una muestra de nuevos
maestros de la plástica colombiana en la cual es seleccionado en 1976. Inicia
su segunda etapa productiva titulada Ventanas. Una serie de cuadros
extraordinarios que exploran las posibilidades del color con degradaciones y
contraposiciones muy aproximadas al arte óptico. La combinación de su mirada de
arquitecto y su inclinación a lo geométrico generan en sus ventanas efectos
sensoriales que solo son posibles cuando se encuentran con la mirada del
espectador.
“Es
indudable que Gustavo Fernando Facundo fue quien trajo a Pitalito el arte
moderno, cuando es posible que no hubiera llegado todavía a Neiva”, afirma el
artista laboyano Javier Chinchilla quien tiene el orgullo de exhibir en su
taller a orillas del río Guarapas una tela de Facundo. Se trata de Interior
azul, un acrílico de 1980 de considerables dimensiones. El cuadro contiene un
ejercicio intencional de percepción: el reflejo de la ventana se ubica en un
espacio que se encuentra detrás de la superficie, es decir que en el primer
plano no hay pintura, la pintura está aplicada un plano más allá y entre los
dos planos, el del objeto no pintado y el de su reflejo, queda un espacio libre
y enigmático. Una pintura misteriosa que sugiere un estado de iluminación en la
certeza de sus trazos, la fuerza de sus líneas y lo sugestivo de sus
composiciones. Un trazo rebelde que culmina con su etapa final de retratos y
cuerpos de mujeres, donde los lienzos impecables destilan melancolía.
Ventana
abierta
En
1978 Gustavo Fernando escribió una “Carta abierta a todo aquel que quiera
leerla”. El texto está publicado en una bella edición que la Editorial Mundo
publicó en el año 2006 con imágenes de las pinturas del artista y textos de
algunos reconocidos pintores, periodistas y curadores nacionales. La carta
reflexiona sobre el arte, la identidad, las preocupaciones humanas y las
angustias espirituales del hombre moderno. Su voz es la de hombre que pese a
observar con pesimismo la realidad tiene esperanza en las posibilidades de
construcción que son posibles a través de los lenguajes del arte. Sin embargo,
su gran talento humano y artístico, o quizá por esa misma sensibilidad tan
delicada, no pudo resistir la depresión que lo acosó hasta llevarlo al borde de
su propia ventana.
A sus eternos 25 años, Gustavo Fernando logró dejar un legado sólido de más de 300 cuadros y varias obras arquitectónicas como el Templete para el Cementerio de Pitalito, donde el artista duerme su juventud inagotable. Levantó la Casa Cural de Timaná, un centro comercial y una cabaña en la Laguna Guaytipán. El cuatro de marzo de 1982 Gustavo Fernando Facundo Silva saltó por una ventana del piso sexto del edificio de la Caja Agraria en Neiva. En su caballete dejó su última pintura: una ventana abierta al vacío. Una ventana que sigue abierta y vacía como los homenajes y eventos culturales que brillan por su ausencia en honor de este gran artista laboyano en el marco de la celebración de los 200 años de Pitalito.


No hay comentarios:
Publicar un comentario