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sábado, 13 de diciembre de 2025

RÉQUIEM POR LA VALVANERA

  

Troncos centenarios, que hasta ayer sostenían el cielo del barrio, yacen ahora trozados en el suelo, revelando en sus anillos una madera sana, terca, que se negaba a morir, pero que fue sentenciada bajo el eufemismo burocrático del "riesgo".


 

Por Roberto Cajiao Falla

Fundación para la Promoción y Defensa de los Derechos Humanos FPDH.

 

En Pitalito, la sombra no es solo una ausencia de luz; es un lugar. Durante décadas, el espacio que se extiende entre el Santuario de la Valvanera y el Colegio de la Presentación ha funcionado no como un parque, sino como una pausa. Una cesura en la partitura ruidosa de la ciudad. Allí, bajo la arquitectura viva de los árboles, el tiempo parecía obedecer a una física distinta: la de las salidas del colegio, la del reposo de los feligreses, la de los abuelos que no necesitaban consumir nada para tener derecho a estar.

 

Hoy, sin embargo, esa pausa está siendo cancelada.

 

Si uno camina por allí esta semana, se encontrará con una escena que tiene la violencia silenciosa de las despedidas forzadas. El sonido de las motosierras ha reemplazado al murmullo de las estudiantes. Troncos centenarios, que hasta ayer sostenían el cielo del barrio, yacen ahora trozados en el suelo, revelando en sus anillos una madera sana, terca, que se negaba a morir, pero que fue sentenciada bajo el eufemismo burocrático del "riesgo". Pero el verdadero riesgo, el que nadie menciona en los despachos oficiales, es el de la amnesia.

 

Hay un video que circula por estos días en las redes, un testimonio desgarradoramente simple: un ciudadano llora. No llora por la pérdida de un recurso maderable ni por la estética urbana. Llora porque al ver caer un árbol, ve caer su propia biografía. Llora los recuerdos de vida atados a esas raíces. Esa imagen encapsula la tragedia de lo que está ocurriendo: no están talando un jardín; están desmembrando el álbum familiar de Pitalito.

 

La propuesta de convertir este atrio natural en una "Calle del Café" —o "Parque del Café", como se le intenta rebautizar con esa arrogancia de quien cree que puede reescribir la historia solo por tener un poder burocrático endosado y efímero  — responde a una lógica peligrosa: la idea de que el espacio público solo es valioso si es rentable. Se nos vende la promesa del cemento, de las pérgolas "modernas" y de las barras comerciales como progreso. Pero, ¿es progreso cambiar el frescor gratuito de un árbol por la sombra alquilada de una sombrilla? ¿Es progreso cambiar el silencio contemplativo de la iglesia por el ruido de una caja registradora?

 

Lo que está en juego en la Valvanera es el alma intangible del pueblo. Este lugar ha sido, históricamente, el "atrio extendido" de lo sagrado y lo educativo. Es el vestíbulo de la Virgen y el patio de recreo de la memoria escolar. Al llenarlo de concreto y comercio, no solo se expulsa a la naturaleza; se expulsa al ciudadano que no tiene para pagar un café, pero que tenía todo el derecho a sentarse bajo un árbol a ver pasar la tarde.

 

El  espíritu del lugar está siendo exiliado. Nos dicen que es por "seguridad", que es por "turismo". Pero el turismo que destruye la identidad local para fabricar escenarios genéricos es un suicidio cultural. Un pueblo que cambia sus árboles centenarios por adoquines corre el riesgo de convertirse en una ciudad cualquiera, en un "no-lugar" sin memoria, indistinguible de cualquier plazoleta de comidas en cualquier rincón del mundo globalizado.

 

Este no es un alegato contra el café, producto insignia de nuestra tierra. Es un alegato a favor de lo que el dinero no puede comprar: la legitimidad de la historia. Los árboles sanos que vimos en el suelo no volverán. Pero los que quedan, y el suelo mismo que pisamos, nos están pidiendo algo más que silencio. Nos piden que recordemos que hay herencias que no nos pertenecen a nosotros, sino a los que vienen detrás.

 

Quizás todavía estemos a tiempo de detener este réquiem. Quizás todavía podamos entender que la verdadera modernidad no consiste en llenar todo de cemento, sino en tener la sabiduría de dejar algunas cosas quietas, verdes y sagradas. Porque una ciudad sin sus árboles viejos es como una casa sin abuelos: puede que esté más limpia y ordenada, pero ya no tiene quien le cuente historias.

 

Defender la Valvanera no es oponerse al futuro; es negarse a olvidar quiénes somos.

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