Troncos centenarios, que hasta
ayer sostenían el cielo del barrio, yacen ahora trozados en el suelo, revelando
en sus anillos una madera sana, terca, que se negaba a morir, pero que fue
sentenciada bajo el eufemismo burocrático del "riesgo".
Por Roberto Cajiao Falla
Fundación para la Promoción y Defensa de los Derechos Humanos FPDH.
En Pitalito, la sombra no es
solo una ausencia de luz; es un lugar. Durante décadas, el espacio que se
extiende entre el Santuario de la Valvanera y el Colegio de la Presentación ha
funcionado no como un parque, sino como una pausa. Una cesura en la partitura
ruidosa de la ciudad. Allí, bajo la arquitectura viva de los árboles, el tiempo
parecía obedecer a una física distinta: la de las salidas del colegio, la del
reposo de los feligreses, la de los abuelos que no necesitaban consumir nada
para tener derecho a estar.
Hoy, sin embargo, esa pausa
está siendo cancelada.
Si uno camina por allí esta
semana, se encontrará con una escena que tiene la violencia silenciosa de las
despedidas forzadas. El sonido de las motosierras ha reemplazado al murmullo de
las estudiantes. Troncos centenarios, que hasta ayer sostenían el cielo del
barrio, yacen ahora trozados en el suelo, revelando en sus anillos una madera
sana, terca, que se negaba a morir, pero que fue sentenciada bajo el eufemismo
burocrático del "riesgo". Pero el verdadero riesgo, el que nadie
menciona en los despachos oficiales, es el de la amnesia.
Hay un video que circula por
estos días en las redes, un testimonio desgarradoramente simple: un ciudadano
llora. No llora por la pérdida de un recurso maderable ni por la estética
urbana. Llora porque al ver caer un árbol, ve caer su propia biografía. Llora
los recuerdos de vida atados a esas raíces. Esa imagen encapsula la tragedia de
lo que está ocurriendo: no están talando un jardín; están desmembrando el álbum
familiar de Pitalito.
La propuesta de convertir este
atrio natural en una "Calle del Café" —o "Parque del Café",
como se le intenta rebautizar con esa arrogancia de quien cree que puede
reescribir la historia solo por tener un poder burocrático endosado y
efímero — responde a una lógica
peligrosa: la idea de que el espacio público solo es valioso si es rentable. Se
nos vende la promesa del cemento, de las pérgolas "modernas" y de las
barras comerciales como progreso. Pero, ¿es progreso cambiar el frescor
gratuito de un árbol por la sombra alquilada de una sombrilla? ¿Es progreso
cambiar el silencio contemplativo de la iglesia por el ruido de una caja
registradora?
Lo que está en juego en la
Valvanera es el alma intangible del pueblo. Este lugar ha sido, históricamente,
el "atrio extendido" de lo sagrado y lo educativo. Es el vestíbulo de
la Virgen y el patio de recreo de la memoria escolar. Al llenarlo de concreto y
comercio, no solo se expulsa a la naturaleza; se expulsa al ciudadano que no tiene
para pagar un café, pero que tenía todo el derecho a sentarse bajo un árbol a
ver pasar la tarde.
El espíritu del lugar está siendo exiliado. Nos
dicen que es por "seguridad", que es por "turismo". Pero el
turismo que destruye la identidad local para fabricar escenarios genéricos es
un suicidio cultural. Un pueblo que cambia sus árboles centenarios por
adoquines corre el riesgo de convertirse en una ciudad cualquiera, en un
"no-lugar" sin memoria, indistinguible de cualquier plazoleta de
comidas en cualquier rincón del mundo globalizado.
Este no es un alegato contra
el café, producto insignia de nuestra tierra. Es un alegato a favor de lo que
el dinero no puede comprar: la legitimidad de la historia. Los árboles sanos
que vimos en el suelo no volverán. Pero los que quedan, y el suelo mismo que
pisamos, nos están pidiendo algo más que silencio. Nos piden que recordemos que
hay herencias que no nos pertenecen a nosotros, sino a los que vienen detrás.
Quizás todavía estemos a
tiempo de detener este réquiem. Quizás todavía podamos entender que la
verdadera modernidad no consiste en llenar todo de cemento, sino en tener la
sabiduría de dejar algunas cosas quietas, verdes y sagradas. Porque una ciudad
sin sus árboles viejos es como una casa sin abuelos: puede que esté más limpia
y ordenada, pero ya no tiene quien le cuente historias.
Defender la Valvanera no es oponerse al futuro; es negarse a olvidar quiénes somos.



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