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domingo, 19 de julio de 2026

PARAPETO. - RODRIGO LARA BONILLA: “HAY QUE RESPETAR LA AUTORIDAD Y AUTONOMÍA DEL GOBERNANTE”.

“Las grandes organizaciones políticas no pueden depender indefinidamente de la voluntad de un solo hombre”. 

Por: Julio Bahamon

 

Las elecciones ya pasaron y las gano Abelardo de la Espriella. Le corresponde a él, el derecho de ejercer plenamente la autoridad. En tal sentido no puede administrar ni compartir una responsabilidad que la Constitución le atribuye de manera exclusiva. Conviene entonces recordar una verdad elemental de la democracia: el Dr. Abelardo fue elegido presidente de la Republica para gobernar Colombia, no para administrar una delegación de autoridad que venga de ningún partido, ni de ninguna figura política, por importante que haya sido su contribución a la vida nacional.


El expresidente Alvaro Uribe Velez ocupa un lugar sobresaliente en la historia reciente del país. Bajo su conducción Colombia recupero autoridad en vastas regiones del país, restableció la confianza de los ciudadanos en las instituciones, enfrento con decisión la amenaza terrorista. Es un legado que merece reconocimiento y gratitud perenne.  Por esa misma razón también la historia le impone un deber de igual magnitud; comprender que la autoridad presidencial se debe respetar y no admite tutelas.


Aprendí, de Rodrigo Lara Bonilla como lo ratifico en el título de esta columna, que la primera obligación de un demócrata consiste en respetar la autoridad legítima constituida. Pero añadía una enseñanza aún más profunda: esa autoridad solo procede ante la nación si conserva integra su autonomía para decidir. Gobernar supone escoger colaboradores, organizar la gobernabilidad, asumir responsabilidades y responder por los resultados. No debe sorprender entonces, que el nuevo presidente convoque a su gabinete ministerial a dirigentes provenientes de los partidos que respaldan su proyecto político. Esa circunstancia no constituye una amenaza para ningún partido, representa, por el contrario, la consecuencia lógica de una alianza política.


Confundir la participación o la organización de la gobernabilidad en el Congreso de la Republica a la que los aliados están en el deber de contribuir, en un desmantelamiento de uno de los socios, se cae en una equivocación de apreciación. Los partidos políticos existen para servir al Estado y a la sociedad, no para satisfacer o preservar cuotas burocráticas ni para monopolizar la orientación de los gobiernos.  Las grandes organizaciones políticas no pueden depender indefinidamente de la voluntad de un solo hombre. No ha sido saludable para el Centro Democrático, en los últimos años, que se termine aceptando como único criterio de decisión la consigan de que “se hace lo que diga Uribe”. Como tampoco contribuyó al fortalecimiento de la anterior campaña de la senadora Paloma Valencia, lo que las vallas invitaban, a “votar por Uribe y la de Uribe” sin mencionar a la candidata.  He solicitado, respetuosamente, que el partido abra espacios reales para la participación de sus dirigentes y de sus bases, para que las futuras decisiones sean producto de procedimientos democráticos y no de determinaciones unipersonales, pero no ha sido posible. ¿Sera mucho pedir?

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