Por: Julio Bahamon
No vivimos una simple crisis coyuntural. El país enfrenta una quiebra progresiva de la autoridad del Estado, visible en la expansión de los grupos armados ilegales, el crecimiento de los cultivos de coca, factor de financiamiento de la violencia, la pérdida de control territorial y el fracaso de políticas sociales que han frustrado especialmente a los jóvenes.
Esa situación no admite engaños ni discursos a medias tintas. Colombia está al límite y la pregunta que debemos hacernos es sencilla, pero puede incomodar a algunos: ¿Quién tiene la capacidad real de gobernar a Colombia en medio del desorden?
¿Podemos entregar al país a unas manos enseñadas a la ambigüedad y a las medias tintas como las que representa Sergio Fajardo? Su trayectoria ha estado marcada por la evasión sistemática de las decisiones difíciles, por el cálculo permanente, como buen matemático que es, y por una narrativa que confunde moderación con liderazgo.
La tibieza en momentos de crisis, no es virtud, es una renuncia anticipada al ejercicio de la autoridad y del poder. Con esa actitud los grupos ilegales no van a retroceder. Se fortalecerán aún más cuando perciben un presidente dubitativo, temeroso de ejercer autoridad, y una dirigencia más preocupada por no incomodar que por gobernar.
Pero si un gobierno es pusilánime y falto de carácter, uno en manos del oportunismo político puede ser desastroso. La sola idea de una presidencia encabezada por Roy Barreras (el nuevo Bucaram criollo), símbolo del camaleonismo político, experto en cambiar su discurso, de aliados y de convicciones según la cercanía al poder, debería encender todas las alarmas democráticas.
Un país nunca debería ser dirigido por un funambulista del poder, cuya principal habilidad ha sido sobrevivir a cualquier gobierno, sin importar su rumbo ni las consecuencias. Un experto malabarista para mantenerse en la cima. Colombia necesita uno que asuma responsabilidades, trace límites y ejerza autoridad.
Hay que tener mucho cuidado. Cada vez que el Estado ha cedido, los bandidos han avanzado. Cada vez que el gobierno ha dudado la violencia se ha reorganizado. Cada vez que la política se ha reducido a cálculos personales, los colombianos hemos pagado el precio de la ineptitud. Ni tibios, ni saltimbanquis al poder. Necesitamos liderazgo con claridad moral, firmeza institucional y voluntad de decisión. Ni la paz se construye pasando los limites de la ley, ni la justicia se negocia, ni la autoridad es opcional. Colombia no está en condiciones de repetir ese error. Abelardo presidente en primera vuelta.



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