Es martes, 3 de febrero, son
las 7:30 de la noche. Recorro el trayecto de Pitalito a San Agustín y el camino
se despliega, kilómetro a kilómetro, con una compañía constante y llamativa: al
lado de la carretera se alternan apilados de bolsas de basura y letreros de
candidatos al Senado y a la Cámara. Tal como se observa al salir de Pitalito,
aquí la basura no es un accidente; es una estructura que acumula ya casi una
semana estancada en el lugar. Montículos de sacos negros, otros de color café y
plásticos rotos se apilan formando barricadas a la orilla del asfalto,
compitiendo en altura con la vegetación. Al pasar por el depósito central
—eufemísticamente llamado Biorgánicos del Sur— la experiencia deja de ser solo
visual: pestilentes olores se filtran en el viaje, escoltándome durante minutos
como un recordatorio invisible de la podredumbre.
La disonancia es absoluta.
Justo donde la inmundicia se desborda, asfixiando el pasto y convirtiendo el
borde de la carretera en un vertedero lineal, se fusionan en el horizonte las
vallas monumentales de los candidatos y la basura apilada. Sus rostros, pulidos
por el Photoshop hasta el puro espectáculo, nos sonríen con una benevolencia
plástica; otros intentan vender "Coraje", aunque sus fotos delatan un
semblante de pánico disimulado. Al verlos flotar sobre los desechos, tengo una
epifanía: no nos sonríen a nosotros, se ríen de nosotros. Es la anatomía del
poder en su estado más puro: un mundo ahogado por residuos reales y promesas
etéreas.
Bienvenidos a la Idiocracia.
En la película distópica de
Mike Judge (2006), la humanidad colapsa no por guerras, sino por la estupidez
acumulada. Es un futuro donde los inteligentes dejan de reproducirse y el
gobierno recae en una casta de corporativos incompetentes. Lo que en la
pantalla era una sátira exagerada —habitantes viviendo entre montañas de basura
que nunca se recogen— en Pitalito es un documental en tiempo real. La ironía
alcanza su cúspide dramática allí donde los desechos se acumulan, desafiantes,
bajo letreros amarillos que ahora parecen rezar "Prohibido Votar Basuras".
La recolección oportuna es un adorno; la basura, la única realidad.
Si en la ficción el Presidente
Camacho solucionaba la crisis agrícola disparando ametralladoras al aire, en
nuestra versión local, la gestión pública opera bajo la misma lógica del show.
Sus ministros son meras figuras decorativas, idiotas útiles que no figuran en
la solución. Las figuras del poder local prometen recoger los desechos, otros
prometen llevar el tema a "debates de control" en el Concejo, pero
todos evocan esa estética donde el carisma y el ruido visual priman sobre la
competencia administrativa. La política se convierte en performance, mientras
el problema de fondo se pudre al sol.
Pero no nos equivoquemos: esto
no es solo un problema estético. La gestión de residuos es la piedra angular
del saneamiento básico. La privatización de este servicio en Pitalito, motivada
por un lucro que recuerda a la megacorporación Brawndo de la película, ha
derivado en una crisis de salud pública. Esas montañas de bolsas no son inertes;
son ecosistemas vibrantes para ratas y mosquitos, vectores de enfermedades que
acechan a los laboyanos.
Mientras tanto, los carteles
políticos, costosos, inservibles e impasibles, nos miran desde arriba con su
propia banalidad.

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