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sábado, 9 de mayo de 2026

A MATEO PÉREZ RUEDA, INFORMAR LE COSTO LA VIDA.

 La motocicleta en la que se desplazaba Mateo, y algunas de sus pertenencias fueron encontradas abandonadas a la orilla de la carretera que comunica con la vereda Palmichal, en el sitio donde fue interceptado por los guerrilleros.


En uno de sus textos dejó escrito: “Una persona no es un bulto de carne que se mueve por el mundo: trae consigo una madre repleta de amor y de esperanza”. Hoy esa madre espera el cuerpo en Medicina Legal de Medellín. 

 

Por: Rodrigo Rojas Garzón

Periodista Huila Hoy

 

Mateo Pérez Rueda tenía 25 años y una libreta que no le cabía en el bolsillo. Era de Yarumal, Antioquia, y dirigía El Confidente, un medio digital que fundó cuando todavía estaba en el colegio. Desde esa tribuna contaba lo que pasaba en Yarumal, Briceño, Valdivia e Ituango: la corrupción de los escritorios, el miedo en las veredas, los desplazamientos y los temas informativos que no salían en los noticieros de radio, y medios de comunicación regional. El periodismo de denuncia era su fuerte.

 

El lunes 4 de mayo de 2026 llegó a Briceño. Eran las 3:30 de la tarde. Pasó por la Alcaldía, por el hospital, por la estación de Policía. Preguntaba por los combates entre el Ejército y el frente 36 de las disidencias de las FARC. Quería entender por qué la gente de Palmichal estaba saliendo con lo que le cabía en un costal. Su papá, Carlos, le había pedido que no fuera. “Yo le aconsejé que no fuera. Y él dijo que tenía que irse porque la Policía estaba allá, el Ejército”. 

 

El martes 5 de mayo, Mateo se subió a una moto rumbo a la vereda Palmichal. Llevaba la cámara, el celular y las ganas de entrevistar a la comunidad y a un desalmado asesino conocido con alias de “La Chata”, el mismo que ordenó la muerte de Mateo, y quien tiene sometida a toda una región bajo amenazas. Los vecinos dicen que hombres armados del frente 36 lo pararon en el camino. Se lo llevaron monte adentro. Desde las 4 de la tarde, silencio. El teléfono no volvió a sonar. 

 

Durante dos días, Briceño fue un pueblo que hablaba en voz baja. La Alcaldía pidió a la familia y a los amigos no entrar a la zona rural: “aún no se tiene control de la zona por parte de la fuerza pública”. El ministro de Defensa decía que seguía desaparecido. Pero en Palmichal ya se rumoraba lo peor: “Se presume su muerte por testimonios de habitantes de la zona”. 

 

El jueves 8 de mayo, una misión del Comité Internacional de la Cruz Roja y la Defensoría del Pueblo entró a Travesías, corregimiento de Briceño. El frente 36 entregó un cuerpo. Era Mateo. Tenía 25 años. Lo habían asesinado en la vereda El Hoyo. La FLIP confirmó que llevaba días desaparecido haciendo reportería sobre el conflicto. 


Conocido el homicidio de Mateo Pérez Rueda, amigos y familiares deploraron publicamente su violento deceso.
 

Cuando la noticia llegó a Yarumal, la gente prendió velas en la iglesia. Su papá no tenía más palabras: “Lo que nos han dicho todos es que no pueden entrar a la zona”. El presidente Petro habló con la mamá de Mateo y dijo que no hay negociación con la estructura que lo mató. El Gobierno ofreció 500 millones de recompensa por alias “Chata”. 

 

Mateo no era un corresponsal de guerra con casco y chaleco. Era un muchacho flaco que estudiaba Ciencia Política en la Universidad Nacional y que escribía en Facebook para 4.500 personas. Denunciaba políticos, tutelas, economías ilegales. Por eso lo citaban a conciliar. Por eso le advirtieron que Palmichal no era para periodistas. 

 

En uno de sus textos dejó escrito: “Una persona no es un bulto de carne que se mueve por el mundo: trae consigo una madre repleta de amor y de esperanza”. Hoy esa madre espera el cuerpo en Medicina Legal de Medellín. 

 

La FLIP lo dijo claro: “Informar no puede costar la vida”. La Asamblea de Antioquia repitió: “Antioquia no puede acostumbrarse al miedo ni a la violencia”. 

 

En Briceño todavía hay monte, y en el monte todavía hay silencio. Pero en Yarumal queda El Confidente, y quedan los vecinos que lo leían. Mateo fue a Palmichal a contar una historia. Terminó siendo la historia. Y como él mismo escribió, no era solo un cuerpo: era la esperanza de una familia, el milagro de una vida, y la prueba de que en Colombia hacer periodismo local, investigar, y acercar la opinión pública a la verdad sigue siendo un acto de valentía.

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